Política

El Beta TV | ‘Ojalá regresen los atentados de las Farc’

“No me da pena tu tiro en la nuca, pepero”, compuso hace unos años en alusión a los asesinatos perpetrados por Eta contra algunos integrantes del derechista Partido Popular

¿Qué me pasaría si hubiese escrito esto en mi cuenta de Twitter? Es más, digamos que dicha frase es apenas una de tantas que hay en mi perfil en las que hago apología del terrorismo. No solo eso, también hay llamados a que maten a unos políticos y no bajo de asesinos a las Fuerzas Armadas. A su vez, reitero el deseo de que resurjan las Farc para acabar con el Gobierno.

Desde luego, Twitter no cerraría mi cuenta, por más que se lo solicitara la Casa de Nariño. Seguramente la justicia entraría a actuar, pero dudo que terminara en la cárcel, quizás por no tener antecedentes ni problemas previos con las autoridades. Si acaso, me obligarían a borrar los trinos y me impondrían una multa.

Pero digamos que reincidiera, y no solamente por trinos incitadores de odio, sino también por amenazar a personas y agredir a periodistas. Es probable que ante esta segunda ofensa sí terminara en prisión. Miles de personas, jóvenes sobre todo, saldrían a las calles a protestar contra el Estado opresor que coarta la libertad de expresión y encierra a quien dice la ‘verdad’. Los manifestantes romperían los vidrios de las estaciones de buses y quemarían los contenedores de basura. Se desataría el caos.

Esto es justo lo que acaba de pasar en España con Pablo Hasél, un rapero que entró en prisión por agresión, amenazas e incitación al terrorismo.

“No me da pena tu tiro en la nuca, pepero”, compuso hace unos años en alusión a los asesinatos perpetrados por Eta contra algunos integrantes del derechista Partido Popular.

El caso de Hasél, cuyo nombre real es Pablo Rivadulla Duró (32 años), desató una reacción violenta de miles de adolescentes, que inundaron las calles de Madrid y Barcelona indignados por la decisión. Causaron múltiples daños; entre otros, el destrozo de una comisaría de policía en Cataluña. Por unos días, el covid pasó a un segundo plano y Hasél fue el tema de debate en todo el país.

La discusión se centró en torno a los límites porosos de la libertad de expresión y en dónde se traza esa delgada y delicada línea.

Si bien muchos españoles aplaudieron la decisión de la Audiencia Nacional, otros tantos, entre ellos más de 200 artistas, como Pedro Almodóvar, Javier Bardem y Joan Manuel Serrat, pidieron la libertad inmediata del cantante, cuyo sobrenombre (Hasél), valga decirlo, es un personaje de un cuento árabe que asesinaba reyes. No obstante, el episodio nos devuelve a la responsabilidad que han de tener las redes sociales en cada país donde operan.

Si bien a este no lo condenaron solo por sus trinos, sino también por sus composiciones y comportamientos, ha sido en redes donde se ha divulgado y amplificado su mensaje proterrorista.

Las redes no pueden seguir siendo ese terreno de nadie donde cada quien hace y deshace a su antojo. Es hora de trazar esas líneas que garanticen un amplio concepto de libertad de expresión, pero al mismo tiempo establezcan barreras claras donde no quepan la calumnia, la difamación ni la incitación al odio y a la violencia.

Como sociedad, debemos comenzar a entender que existen límites, y para poder seguir avanzando es necesario ser conscientes y respetuosos de estos.

A propósito del asunto, quise preguntarle a mi hermano de 14 años, que es estudiante y rapero, su opinión. Y no porque me fuera a hablar de libertad de expresión, sino por entender la reacción de un muchacho mucho más tolerante a esa manera de expresarse de artistas urbanos como Hasél. “Es un rapero que siente y ama el rap, pero eso no justifica que vuelva mierda todo. Está bien exigir justicia, pero no de ese modo”, me escribió.

Si un niño, aún impermeabilizado a las manipulaciones de la adultez, puede comprender lo que está bien y lo que no, ¿por qué nos costará tanto entenderlo a los adultos?

DIEGO SANTOS

Analista digital

[email protected]

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