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El tranquilo caos del apagón caraqueño

La tarde del lunes 22 de julio Venezuela vivió su quinto mega apagón nacional de 2019. En plena hora pico, el desespero comenzó. Estaba sola, en Caracas, a oscuras E ran las 4:40 pm del lunes 22 de julio, cuando el vagón en el que viajaba se detuvo entre el túnel Chacaíto-Sábana Grande. La acción no preocupa porque ya es un mal rutinario; sin embargo, el altavoz desde la cabina del conductor se encontraba encendido, y del mismo una voz indicaba que se detuviera y aguardara instrucciones del CCO, el Centro de Control de Operaciones de La Hoyada, “el cerebro del subterráneo”. Acto seguido el motor del tren se apagó junto con algunas luces.

La misma voz que hacía pocos segundos se había manifestado, nuevamente aparecía, esta vez para informar “falla de eléctrica de Corpoelec. Pérdida de energía y tracción, se requiere el desalojo de todas las unidades. Operadores entre vías comunicarse con Centro de Operaciones“.

El desespero comenzó. “Se fue la luz”, “no puede ser”, “¿nos sacarán por el túnel?”. Hubo gritos, lamentos, suspiros de sorpresa, e infinitos comentarios que surgían de quienes viajaban junto a mí.

No salimos por el túnel. Supongo que sin luz era una acción peligrosa. El tren, como pudo, retrocedió y regresó a Chacaíto. Las puertas del vagón se abrieron y ¡partida!, como si se tratara de un hipódromo los ejemplares salieron. “Se informa a los señores usuarios que motivado a una falla eléctrica deben desalojar el tren. La estación no seguirá prestando servicio comercial”, se repetía por los parlantes a cada minuto.

La estación estaba a oscuras. El tumulto se concentraba en las escaleras, mientras unos pocos se quedaban en algún rincón de la penumbra esperando poder salir. Había quienes hacían videos de lo que ocurría, otros que alumbraban el paso con sus celulares, otros que gritaban “¡Maduro!” Y recibían como respuesta un “¡coño e’ tu madre!”. Nunca hubo personal que ayudara al desalojo.

***

Una vez en Chacaíto me resguardé en un centro comercial. La marea de gente inundaba el boulevard en todos los sentidos. Intenté comunicarme con mi mamá, amigos, compañeros de trabajo; pero la señal intermitente no permitía que la situación fuese menos caótica.

A diferencia del primer apagón, estaba sola, y las personas que me podían auxiliar estaban muy lejos de mi punto de resguardo. “Quédate ahí que te van a buscar”. Pero lograr coordinar un salvavidas en medio de la locura de un apagón nacional no es tarea fácil. Pasó una hora y nunca llegó. No siempre se corre con buena suerte.

“Estás más cerca de mi casa que de la tuya. Camina hacia Palo Verde yo te bajo a buscar”, fue la solución que -del otro lado de la bocina- le daba fin a mi naufragio.

Emprendí la caminata.

No sé cuántos kilómetros hay entre Chacaíto y Parque Cristal; pero los caminé en 30 minutos o menos. Ya eran las seis de la tarde y en mi mente lo único que pensaba era “no quiero cruzar a oscuras Petare“. Quien es de la zona sabe cómo es la movida, pero quien es turista solo conoce la realidad de la que la gente habla: peligro, mafia, FAES.

“Espérame en la entrada de El Líder, voy bajando con mi mamá a buscarte”. Seguí la marcha con paso firme y un poco más acelerado. Pensaba que Lomas del Ávila estaba más cerca de La California que de Miranda. Error, la distancia es más larga.

En aquellos minutos de eterna angustia, algo en el ambiente siempre llamó mi atención: la tranquilidad.

Sí, había camioneticas llenas, con gente guindada en las puertas, cobrando de más. Sí, había gente en la calle caminando kilómetros con la esperanza de llegar pronto a su hogar. Sí, el aire que se respiraba era de incertidumbre total con un toque de fatiga y arrechera. Sí, era un espacio perfecto para la delincuencia. Pero la realidad es que, en medio del alboroto, la gente iba tranquila, hablaban, reían, jodían. Parece ser un hecho que a esto de los apagones y sus amargas consecuencias también los venezolanos se acostumbraron.

A las 7:00 pm el sol en Caracas todavía no se duerme, aunque el sueño ya se le empieza a notar. A esa hora me encontraba en la entrada del centro comercial donde me iban a buscar. No era la única. Un pequeño grupo de personas también estaban sentadas con cara de preocupación esperando a sus rescatistas. De los míos no había pista. A las 7:15 pm el sol ya había perdido la batalla contra el sueño.

Estaba sola, en Caracas, a oscuras.

No vislumbraba nada. Los pocos carros que aún pasaban iluminaban las calles abarrotadas de gente. Mi desesperación aumentaba, los nervios me ganaban. Sin una pizca de luz, si me movía perdía. No era opción, tenía que esperar.

***

Tras el esperado encuentro, los tres emprendimos nuevamente la caminata, pues mis salvavidas no venían en carro. Íbamos por la calle contraria, sentido Petare para que los carros nos iluminaran el sendero.

El trayecto se vuelve complicado cuando del estado de las calles se trata. Hay que estar pendiente con los escalones, las alcantarillas mal tapadas, las troneras del pavimento. Esas irregularidades no solo abundan en el municipio Sucre, las encuentras por toda Caracas.

Pisamos Petare a oscuras. La pesadilla era un hecho: había que atravesarlo sin luz. Un elevado conduce a Palo Verde. Los carros prefieren siempre la estructura por el desorden y la mafia que existe debajo de la misma. Pero, los mortales tienen que pasar por el caos, donde se concentra con luz la delincuencia y el hedor manifiesta el olvido de los gobernantes.

Cruzamos con el paso acelerado rodeados de mujeres con niños en los brazos y otros tomados de la mano, llorando de tanto caminar. Cruzamos rodeados de gente cuya apariencia te hacía sospechar. Cruzamos con nervios de cualquier moto que se acercaba. Cruzamos con un padrenuestro en los labios y la fe de que en pocos minutos llegaríamos a un hogar, cualquier hogar.

Pasado el colectivo La Fortaleza, llegamos a la estación de Palo Verde, cerrada, como muerta. Un grupo de personas hacían cola esperando una camionetica que los llevara hasta Mariche, otros se montaban en una pick up con rumbo a quién sabe dónde, otros quizá aguardaban a que algún jeep los subiera hasta José Félix.

Metrobús a Lomas no había. Unos taxis hacían “la segunda” a 2 mil bolívares por persona. Sin efectivo no hay paraíso. La caminata continuaba.

Mi mamá siempre dice que Dios aprieta, pero no ahorca. Y con la vergüenza fuera del cuerpo, la típica seña de pedir cola fue nuestra salvación. Una pareja de la tercera edad nos dejó en la entrada del edificio. Al igual que mis rescatistas, salieron a buscar a su hija por las calles de Caracas, pero ellos sin éxito alguno. Ya eran las 8:30 pm y creían, tenían fe, que por la hora la encontrarían en casa.