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Los nuevos trabajos

Abundan en estos tiempos los campos de la vida que están sufriendo remezones estructurales. El laboral es uno de ellos. Las protestas que han tenido lugar en los últimos días en el país confirman que la transformación en curso está lejos de ser un proceso armónico, gradual y satisfactorio para todos.

Por un lado, quienes obtienen ingresos gracias a la aplicación Rappi se han mostrado inconformes por las condiciones que esta les fija, y por esta razón han adelantado protestas al tiempo que han expresado sus inconformidades en medios y redes sociales. Por el otro, taxistas de todo el país se movilizaron el miércoles en rechazo a la competencia que para el servicio que prestan suponen plataformas como Uber y Cabify, entre otras. Algunos recurrieron a las vías de hecho, actitud que siempre será reprochable. Así mismo, de otras maneras y en otros escenarios, el gremio hotelero ha levantado varias veces su voz de protesta frente a la aplicación AirBnB, que les permite a particulares ofrecer sus inmuebles a turistas para estadías cortas.

Varios factores alimentan un panorama hoy marcado por la tempestad. Estos van desde la evidente e inevitable irrupción de nuevas tecnologías, y la forma veloz como estas han llegado a sectores cada vez más amplios de la población, hasta hondas transformaciones culturales en términos de los proyectos de vida de las nuevas generaciones, sin olvidar crudas y desafiantes realidades como la llegada de más de un millón de migrantes venezolanos en los últimos dos años.

En este marco, es evidente el conflicto entre unas reglas de juego que funcionaron por décadas, con fallas y virtudes, falencias y aciertos, y las que trae una nueva economía y ponen patas arriba antiguos roles, aspiraciones e, incluso, regulaciones.

Es, como siempre, una situación problemática que resiste diferentes lecturas. Están quienes prefieren concentrarse en los aspectos positivos de los cambios y subrayan cómo estos trabajos, flexibles, esporádicos y que, incluso –aunque esto es motivo de discusión–, se activan a voluntad del que desempeña la labor encajan perfecto en el molde de las aspiraciones que en este terreno tiene la llamada generación de los ‘millennials’. A diferencia de sus padres y abuelos, quienes a ella pertenecen valoran no tener raíces en un lugar geográfico y la posibilidad de invertir sus ingresos en rubros como viajes y restaurantes, en lugar de casas y automóviles, por poner solo un ejemplo. Una visión de las cosas que por momentos ignora las necesidades y penurias de muchas de las personas que recurren a estas aplicaciones en busca de ingresos.

Y es justamente en este punto en el que más énfasis hacen aquellos que han sido críticos ante el fenómeno. El argumento es que quienes acuden a esta actividad económica lo hacen al no encontrar más opción en el mercado laboral y deben aceptar unas condiciones que a veces no cumplen con unos mínimos estándares de dignidad y respeto a normas laborales vigentes; algunas, además, resultado de compromisos internacionales a los que se ha acogido el Gobierno colombiano.

El auge y todo lo bueno que pueda tener este nuevo escenario no deben salirse de los límites del respeto a los derechos fundamentales, aquellos que salvaguardan la dignidad de

las personas

FACEBOOK TWITTER El desafío está en lograr que aquí tenga lugar una transición equitativa y, hasta donde sea posible, controlada, antes que un aterrizaje forzoso y traumático para miles. En este orden de ideas, se debe tener claro que las aplicaciones mencionadas llegaron para quedarse. Sería necio a estas alturas pretender cerrarles el paso, prohibir de tajo su funcionamiento en el país. Pero esta realidad no puede suponer una patente de corso. Aportan a la economía y son alternativa válida y necesaria de empleo en Colombia y toda la región. Rappi asegura que unas 85.000 personas obtienen ingresos a través de su aplicación en América Latina.

Pero tal auge y todo lo bueno que pueda tener este nuevo escenario no deben salirse de los límites del respeto a los derechos fundamentales, aquellos que salvaguardan la dignidad de las personas. Para ello hay que trabajar en dos sentidos. Por un lado, una legislación que dé cuenta de esta nueva realidad y logre balancear la ecuación. Expertos como el profesor Stefano Farné han planteado que el reto más grande en este terreno pasa por romper el vínculo existente en Colombia entre la remuneración del trabajo y la seguridad social. La ministra del Trabajo, Alicia Arango, ha planteado una reforma laboral que abra la puerta a la contratación por horas y, al tiempo, reglamente las plataformas digitales. Por otro lado, es razonable esperar de estas más compromisos en materia de responsabilidad social. Por ejemplo: que dimensionen mejor el impacto que han tenido en la vida cotidiana, en el espacio y las vías urbanas, y que emprendan acciones concretas para mitigar los efectos negativos que allí han tenido. Se trata, en últimas, de ubicar un hecho positivo y loable dentro del marco constitucional. La tarea debe hacerse pronto.

EDITORIAL

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