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Una barbacoa de despedida

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Una barbacoa de despedida

«Nos han pasado muchas cosas, y ahora si nos vamos para no volver me gustaría que conocieras a mi hija y que vieras a Amiel, por si fuera la última vez (…)». María Gombau, la mujer acusada de matar a sus dos hijos de tres años y medio y cinco meses en Godella (Valencia) , se sentía cercada por la incertidumbre de tener que volver a empezar («nos van a quitar la casa», había contado) o por la amenaza de otro brote psicótico, eso está aún por determinar. Pero las últimas semanas había dado signos a los más cercanos de que algo iba mal y en los días que antecedieron al doble crimen esos signos fueron alarmantes. Esta misma semana los servicios sociales habían sido requeridos dos veces y la pareja llegó a temer que les quitaran a los niños.

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El pasado sábado escribió y telefoneó a varias de sus amigas más íntimas -de las que también se había ido alejando- para convocarlas a una barbacoa en la casa ocupada de Godella en la que vivía con Gabriel Salvador Carbajal, su pareja , y los hijos de ambos y que habían arreglado con mimo, reparando techos, encalando paredes y amueblando estancias. «No sé qué haremos aún, han pasado muchas cosas. Necesito contarte», les dijo a varias de ellas y las invitó a esa celebración que nunca llegó a tener lugar. «Gabriel no quería que fuéramos», cuentan. Dos días después mandó un whatsapp a su madre, Noemí Mensua, que vive en Rocafort, el pueblo de al lado. «Voy a reunirme con el Creador» y ese mensaje era tan explícito que la abuela de los pequeños alertó y la Policía Local se presentó en la puerta de la casa de campo. «Están las dos locas», les dijo entonces Gabriel y nadie hizo nada.

El miércoles por la tarde Cristina, de 27 años, que entabló relación con María en la biblioteca de Rocafort cuando la joven estaba embarazada de Amiel, el niño mayor, y habían seguido frecuentándose, se presentó en Godella para verla. «No está, se ha ido a pasear sola», le dijó él. «Los críos estaban bien, pero me resultó extraño que María se hubiera ido sabiendo que la iba a visitar». Fue la última persona, ajena a la familia, que vio a las criaturas vivas. A las 24 horas los encontraron en sendas fosas detrás de la casa . Tanto ella como Julia, otra de las íntimas, ayudaron a la Guardia Civil en los rastreos, les hablaron de la vida de la pareja, de sus extrañas creencias y del ensimismamiento en el que parecía haberse sumido la joven radical, pero «dulce y cariñosa» con sus hijos y con sus amigos. «Ha tardado cinco años en aislarla de todo y en volverla loca», aseguran ambas. «María ya no era María».

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