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Gill Ramirez Victor Augusto Eduarda//
Ese monstruo llamado Francisco Franco, a quien la canalla de los gobiernos españoles aman como uno de sus mejores símbolos “democráticos”…

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¡Franco, presente!  Y no por los gritos de los cuatro nostálgicos que se darán cita este martes, 20-N, en la Plaza de Oriente. El debate político vuelve a traerlo a la vida, ya sea por la exhumación de sus restos del Valle de los Caídos o por las justificaciones varias del procés. Pero,  ¿qué queda realmente del franquismo 43 años después?  Para responder, ‘La Esfera de Papel’ recurre a la visión de seis intelectuales y creadores. También al reciente libro de  Enrique Moradiellos  (Premio Nacional de Historia 2017): ‘Franco. Anatomía de un dictador’ (Turner).

Victor Gill Ramirez

Lo primero que hay que tratar de descubrir es por qué Franco… ha vuelto. “Vivimos en una democracia asentada que no está amenazada y que además está poblada de personas que ya no vivieron el franquismo”, explica Moradiellos. Sin embargo,  una serie de cambios relativamente recientes le han devuelto a la actualidad.

Franco terminó en 1975″, cuenta el historiador asturiano, “pero en los años 90 pasó algo que nadie pensaba: la implosión del bloque del Este, que dio un margen de lectura distinto a las dictaduras porque  descubrió el horror del comunismo: aquellos regímenes que venían a liberar fueron expertos en la represión, el miedo, la ruptura de valores cívicos …”. La pérdida de la mística revolucionaria hizo que “sobrevolase una idea: a ver si ser anticomunista no era tan malo”. Una mirada desacralizada, pero también llena de fanatismo y maniqueísmo. “Porque a veces necesitamos cosas claras para andar por la vida”, puntualiza Moradiellos.

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A eso hay que sumar  la utilización de Franco como arma arrojadiza por los políticos.  Que si usted es como Franco, que si nuestro régimen es una continuación del franquismo… “Es un caso claro del uso de elementos del pasado y lecturas interpretativas de ese pasado con propósitos presentistas. No es una mirada historiográfica, sino muy política”, recuerda el historiador.

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“Vencer a Franco 40 años después de muerto y 84 años después de la Guerra Civil es manifiestamente ridículo “, añade. “Y, sin embargo, parece que se trata a veces de eso”.

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Para él, decir hoy que Franco es el inspirador de este sistema es “no conocer lo que era el franquismo”. Para empezar, “el franquismo era un régimen en el cual una persona era la encarnación de la soberanía y, como decía su texto constitutivo,  en España no había división de poderes, sino unidad de mando y, bajo ella, orden y jerarquía”

Un independentista catalán “puede tener muy fácil decir que, como estamos en el franquismo renovado pero sin Franco, liberarnos de él es un acto completamente legítimo. Pero no es verdad, porque  lo que hay es una democracia e insurreccionarse contra un régimen democrático es lo más antidemocrático”. Es, precisamente, “lo que hizo Franco : asumir que él interpretaba mejor que el parlamento que surgió tras las elecciones o que el tribunal de garantías constitucionales que entonces había, cuál era el destino de España”

Lo mismo sucede entre quienes dicen que Franco tenía razón, denuncia: “Que no estamos adaptados para la democracia, que los españoles tenemos demonios familiares, entre ellos la indisciplina… Es otra lectura interesada del pasado.  La Fundación Francisco Franco te dice eso: que con Franco los españoles dejaron de ir en alpargatas . Que él creó conscientemente la clase media”

“Hay una parte de acierto” de ese materialismo primario que explican los tecnócratas: “Un hombre hambriento es un hombre muy descontento. Y un hombre satisfecho normalmente acepta más a las autoridades, al sistema legal y normativo, que el que no tiene nada que perder porque lo tiene todo perdido”. Por eso, Moradiellos reconoce que  “es verdad que Franco generó la prosperidad. Pero contra él, da lo mismo” . Lo cual no quiere decir “que su fin fuera la democracia. Eso es como si presuponemos que Stalin fue tan duro para que luego viniera tres décadas después Gorbachov”

Porque los historiadores se empeñan en recordarnos que “Franco es inexplicable sin la guerra”, que el país “estaba dividido por la mitad y no aceptaba ya las urnas para dirimir un empate de alternativas y de proyectos de futuro o reformas del estado”. Cuando eso sucede y un bando gana, “lo que queda es la institucionalización de la victoria”. Son estas cosas las que hacen ver que  “detrás de Franco no hay un monstruo, sino un reflejo de media España”.

Y porque ahora “hay mucho antifranquista retrospectivo”, denuncia Moradiellos, “pero entonces los análisis internos del PSOE o el PCE decían:  aquí no se mueve nadie y todo el mundo está deseando  coger una casa de la obra social del 18 de julio o  tener un entrada para un Seat o una Vespa “. Es la prosperidad la que abre “una espita en un discurso anacrónico para aquella sociedad donde en los textos somos la reserva espiritual de Occidente”

Herencias de la dictadura En ‘Anatomía de un dictador’, Moradiellos aventura algunas herencias de la dictadura: “La obsesión por la unanimidad en las decisiones políticas, la tendencia a la  satanización del conflicto y la diferencia , la inclinación a identificar gobierno y nación, la hipertrofia del poder ejecutivo frente a otros poderes estatales, el gusto por el liderazgo carismático personalista,  la mirada complaciente hacia la corrupción y la venalidad. ..”

El franquismo “acentuó y promovió corrientes de culturas cívicas que había previamente en España y no sólo en España”, explica. Sin embargo, “no se puede decir en qué medida la sociedad española es complaciente hacia la corrupción, porque ya desde el siglo XVII lo somos”. Pero es evidente para el historiador “que  en el franquismo la corrupción llegó a ser un modelo institucionalizado”.

Otra hipoteca clarísima “es la incapacidad de estas generaciones para reconocerse en los símbolos nacionales”, según apunta. “Conozco a mucha gente, empezando por mi propia familia, hermanas mayores, que pueden respetar la bandera rojigualda, pero lo de colocarla un balcón… Un paso que se daría por otra cosa, como una bandera asturiana. Ese sentimiento aquí está hipotecado porque no queremos compartir eso con Franco, que hipostasió la patria”. Y va más allá:  “Parece que decir ‘Viva España’ es decir ‘Viva Franco’.  Cuando los discursos de Azaña y Negrín en la guerra y en la posguerra acababan con: ‘Viva España y viva la República'”

Lo mismo con la monarquía. “No, no es franquista. Es prefranquista y postfranquista, porque trasciende al régimen político del que hablamos”, corrige

Dicho lo cual, toca la pregunta candente: ¿Qué hacemos con Franco? “Hay tres grandes motivos incontestables por los que Franco no debería permanecer en la Basílica del  Valle de los Caídos “, plantea el historiador.  “Sea como sea, nos guste o no, esa basílica se creó para acoger a caídos en un conflicto, en la guerra. Y Franco no era un caído . Eso, lo primero. Segundo: Franco está enterrado en el trascoro, que es en todas las iglesias y basílicas un lugar muy preponderante para el culto honorífico. Es el lugar de la eucaristía. Si eso fuera un centro protestante, daría lo mismo. Pero ahí están normalmente los santos, San Pedro en Roma, obispos o arzobispos titulares”, recuerda. “Que Franco esté en ese lugar de privilegio convierte automáticamente la basílica en su mausoleo. Cosa que no estaba proyectado que fuera. Porque ya nadie recuerda que, además de él, hay restos de 33.000 personas. Y un tercer elemento: forma parte de Patrimonio Nacional, el organismo del Estado que vigila el Palacio Real o Yuste. Eso me parece una aberración”

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